Asesinar la ficción: “Matar” de Carlos Sánchez

Carlos Sánchez, Matar, México, Instituto Sonorense de Cultura, 2011. 

[Obra ganadora del Concurso del Libro Sonorense 2010]

 

Empecé a leer el libro de crónicas “Matar” sentado en el lobby de un hotel de Hermosillo, Sonora.

Era un lugar limpio, sin lujos, pero lo suficientemente pulcro para ver pasar a señores de negocios caminando de prisa, a parejas de enamorados que jugaban a lunas de miel y a empleados recién planchados que daban la impresión de ser enfermeros.

Acababa de conseguir el libro después de haber escuchado algunos comentarios sobre él: se trataba de un libro del sonorense Carlos Sánchez que recopilaba relatos de asesinos. La idea del libro me resultó atractiva desde el primer momento.

Recuerdo el lobby de ese hotel porque fue el pretexto ideal para que las crónicas de Carlos Sánchez me afectaran. Si Julio Cortázar afirmaba que para leer a Poe era necesario hacerlo a la luz de las velas, emulando el estilo de la vida decimonónica, es probable que para leer “Matar” es necesario hacerlo desde un espacio artificialmente tranquilo para que la lectura sea brutalmente cruda.

Espero en silencio que me asignen una habitación y Carlos Sánchez se esconde por detrás de la palabra de los reos norteños para narrar la historia de asesinatos absurdos, fríos e inverosímiles, como la muerte misma.

Mientras que en el hotel hay sonrisas que se prenden por mensajes de los celulares y besos en la mejillas, “Matar” me cuenta el relato de Sóstenes quien está a punto de asesinar a su hermano porque no le quiso regresar el carro qué él, anteriormente, le había regalado:

“Íbamos por la calle cuando le pegué el cuetazo en la nuca. Al caerse por el madrazo estuvimos a punto de chocar. Como pude lo jalé, hice malabares conduciendo el carro para no estrellarnos, me subí encima de él; iba tirando un chingo de sangre. Yo le seguía leyendo la cartilla, y te va a cargar la verga, te dije que no te pasaras de lanza, que no sabías hasta dónde podía llegar; le gritaba como si me estuviera oyendo”.

Detener la lectura y ver alrededor del hotel era contradictorio, casi un oxímoron. Los relatos que aparecen en estas crónicas no pertenecen a la guerra del narcotráfico, tampoco tienen una justificación naturalista.

Carlos Sánchez se le esconde al lector y lo deja tembloroso frente a la mirada serena del reo que, en confianza, le cuenta que el asesinato es un arrebato, un capricho, unas ganas de joderle la vida al otro y, generalmente, a uno mismo.

Si los relatos de “Matar” fueran ficciones serían historias con una gran carga de crueldad que mantendría en suspenso al lector. Sin embargo, son crónicas y el problema consiste en que no fascinan, perturban.

Keith Ross

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