“La Cicuta. El veneno de la pasión” de Omar Castro

La Cicuta. El veneno de la pasión,

Omar Castro, Guadalajara, Universidad del Golfo de California, 2011.

Recomendar un libro implica riesgos que pueden hacer que uno quede maltrecho, despedazado moralmente y que, la próxima vez que repita emocionado que no se puede vivir un solo día más sin haber leído tal libro, simplemente me respondan que sí, que está muy bien, que soy un tipo con muy buenas intenciones y me manden al mismo rincón donde se guardan las cosas inútiles y gastadas ya de tanto no servir para nada. Por eso trato de ser muy cuidadoso y no me reservo ninguna advertencia: independientemente de la calidad de la obra, leer conlleva daños colaterales que, en ocasiones, valdría mejor evitar: los libros tienen la mala costumbre de irse amontonando y apoderándose de los espacios de la casa; fomentan los dolores de cabeza, los bostezos y, generalmente, una debilidad visual que puede rayar en la ceguera; incitan al sedentarismo, al ocio y, por si fuera poco, al silencio. Según las últimas estadísticas, los libros dan flojera, marean y tienen la habilidad mágica de esconderse: mientras se lee nos enteramos de todos y cada uno de nuestros pendientes y preocupaciones, menos de lo que realmente dice el texto. Por si fuera poco, cuando se lee dejamos de hacer otras cosas: ganar dinero, dormir una siesta, ver televisión, ir al cine, nadar, y un largo etcétera tan enriquecedor como uno quiera.

Para leer La Cicuta. El veneno de la pasión, la más reciente novela de Omar Castro, el lector se gastará alrededor de diez horas de su vida. Son trescientas diez páginas donde uno puede sufrir un enojo de su pareja por ponerle más atención a un libro que a él o ella; puede ser acusado de flojo por no querer salir de casa o, simplemente, llegar desvelado al trabajo o a la escuela porque la noche anterior se desveló porque no pudo dejar de leer la historia del mayor de los hermanos Corcuera quien, después de ser obligado a asistir a un seminario, aseguró para sí mismo: “¡Voy a ser cura, sí, pero el cura más cabrón sobre la Tierra”.  Se trata de la tercera novela de Omar Castro, y que, de alguna manera, es el resultado de las dos anteriores, Los últimos días del General, publicada en el 2003 y El retorno de la hoguera, del año 2010.

El lector puede asumir los riesgos de aventurarse a la lectura de esta obra. Valen la pena cada una de las consecuencias catastróficas que le pueden afectar a su vida y que he descrito anteriormente. La novela, básicamente, consta de dos capítulos, cada uno de ellos es muy distinto al otro: el primero gira sobre la historia del joven Corcuera, quien no sólo sabe, sino que también está convencido, que una mujer linda puede provocarle taquicardias y unas ganas terribles de ser cada vez más un hombre y menos un sacerdote. En el segundo capítulo, la gran protagonista es la conversación que sostienen Xenón Corcuera y Pedro Sabines de la Cortina. Omar Castro ha escrito un libro para dos tipos de lectores: el común, el que lee de vez en cuando y que busca una anécdota entretenida y lo suficientemente interesante como para que la obra le ayude a comprender un poco más la realidad que tiene que vivir a diario y que lo mantenga lo suficientemente intrigado como para no abandonar la lectura; y, por otro lado, un lector más acostumbrado a la letra impresa, a uno que se le puede seducir a través de guiños y referencias literarias, a ése que se sorprende menos con la historia, pero que se le conquista más por la forma en la que está narrada.

Indudablemente, esta obra publicada por la Universidad del Golfo de California es, hasta la fecha, la novela más madura de Omar Castro. Uno corre el riesgo de caer en las garras del cada vez más insoportable vicio de la lectura. El escritor ha creado, en el supuesto que en realidad se pudiera, una síntesis de las dos novelas anteriores: en Los últimos días del General nos muestra una historia donde son elementos claves la corrupción, el manejo de influencias y el respeto hacia la congruencia personal, mientras que en El retorno de la hoguera asistimos a una conversación entre los personajes donde dan un repaso a la condición histórica y contemporánea del lugar donde viven. Estas características son fundamentales en La Cicuta: en el primer capítulo no sólo asistimos sino que también somos cómplices de las travesuras y obscenidades que suceden en el interior del seminario; mientras que en el segundo, nos enteremos de las condiciones y características de la sociedad en la que viven ambos personajes, amantes de los libros y de la conversación.

Omar Castro utiliza las lecturas que ha realizado a través de los años, demostrando que un escritor, antes que nada, debe ser un gran lector. No obstante, no se trata de citas eruditas y fastidiosas de quien busca presumir su educación, sino que estamos frente a un escritor que ha sabido digerir cada una de las obras que ha leído y que, también, ha sabido imprimirle su tono personal que ha ido formando, si no me equivoco, a la luz del humor sudcaliforniano y de la grata satisfacción que dejan las largas conversaciones.

Debo confesar que, cuando terminé de leerla, creí que lo mejor hubiera sido separar ambos capítulos. Es decir, convertirla en dos libros pues se trataba de dos posturas narrativas distintas. Sin embargo, después de reflexionar sobre el asunto, comprendí que la unidad de la novela no radica en los personajes, ni en la forma de controlar al narrador o a los diálogos: se trata pues, de un elemento que está presente en ambos capítulos y que se convierte en el eje central del libro: la cicuta. Este veneno debe su fama a una casualidad histórica: tuvo la fortuna de haber matado a uno de los hombres más importantes de la civilización occidental: Sócrates, quien se ganó la pena de muerte gracias a la milenaria costumbre de corromper a la juventud, educándola. Sin embargo, la cicuta de Omar Castro aunque es igual de letal, es distinta. Es una cicuta mucho más carnal, esa que en ocasiones hierve en la sangre y que provoca que un hombre sea amenazado a muerte o que un seminarista se tambalee ante la posibilidad de entregarse por completo a la vida ascética.

Siempre existirá la posibilidad de que una novela nos resulte más efectiva como somnífero y que, además, sea auxiliar para que el índice de lectura per capita del país siga decreciendo, sin embargo, en este caso, el lector encontrará una novela cargada de humor, ironías, erotismo, escenas picarescas, y reflexiones acerca del celibato impuesto por la Iglesia, o bien, sobre las condiciones sociales en las que vivimos todos los días. Tengan por seguro que se trata de una obra entretenida creada por muchas lecturas, pero sobre todo, por años de reflexión. Por todos lados se repite incansablemente que la lectura tiene muchas bondades, que nos hace ser mejores personas, pero siempre se les ha olvidado explicarnos por qué. De tanto escucharlo, nosotros lo hemos creído. Leer novelas nos hace crecer porque, además de que enriquecemos nuestro pensamiento a través del lenguaje, por varias horas, tal vez por varios días, nos convertimos en otros, somos los problemas y las acciones que enfrentan cada uno de los personajes. De alguna manera, el lector será también un joven que va decidido a ser el seminarista más cabrón de todos. Después de ser otro, el lector jamás vuelve a ser el mismo.

Keith Ross

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2 thoughts on ““La Cicuta. El veneno de la pasión” de Omar Castro

  1. Omar Castro dice:

    Ha sido un privilegio contar con tus gentiles comentarios a la obra en cuestión. Por otro lado, acabo de leer dos obras de Fernando Vallejo; “El don de la vida”, y “La Rambla paralela”, y en ellas encontré una literatura mordaz, aguda, ácida, y hasta cierto punto, misantrópica, y que en algunos pasajes podría confundirse con la misoginia del personaje pero no. Más bien, como dicen los rancheros: Agarra corte parejo contra todo y contra todos. Cuestiona el Statu Quo, y su posición es profundamente crítica y “sin pelos en la lengua” o en la pluma. Recomendable… Saludos cordiales. Omar Castro

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