“Los círculos” de Ramón Cuéllar

Imaginar el futuro es fácil, sobre todo porque la televisión, el cine, la literatura y los científicos nos han enseñado que nos espera un mundo contaminado, gris y con recursos tecnológicos cuyas funciones son suplir los elementos naturales que habremos perdido en el camino. Sabemos que la humanidad transitó de imaginar mundos perfectos instalados en el futuro, a una visión de distopía en donde el tiempo avanza paralelamente a la destrucción de la humanidad. Sin embargo, no es lo mismo, imaginar que crear el futuro, tal como lo hacen ciertos escritores que se aventuran a ese viaje a través de la palabra.

Los círculos es un libro de Ramón Cuéllar publicado en 2009 por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura, que se compone de cuatro cuentos, tres de ellos ubicados en la posteridad. La primera historia que presenta este volumen es “La humedad”; se trata de un cuento alejado de cualquier referencia a la ciencia ficción o al futuro, centrado en una pareja de estudiantes a la cual ronda el presentimiento de la infidelidad y del desamor. La narradora es la protagonista, que le dice a Ángel, su pareja:

“para ti nada tenía remedio porque vivías en la angustia continua, alucinando y escribiendo sobre Marte, sobre sistemas solares y galaxias lejanas”.

Por lo tanto, el resto de las historias que componen esta obra parecen que salieron de la pluma de Ángel, de ese personaje que no quería presentar su novia a sus padres. Así es como el lector llega al segundo cuento, “Los círculos”, que es la historia más extensa del libro y que, apenas en el primer párrafo, se conecta con el cuento anterior:

“los poemas en papel sintético estaban sobre la mesa. Alberto Nort se sentó en el sofá con un vaso de licor en la mano; la temperatura del cuerpo encendió el televisor de hologramas. ‘Gracias al Presidente se enviará hoy, desde Ciudad Federal, la nave espacial Heraldo rumbo a Marte’”.

 

Alberto Nort nos recuerda a los personajes de Ray Bradbury y Aldous Huxley, quienes eran condenados por propiciar la literatura o el desarrollo de los sentimientos, tan peligrosos para cualquier sistema político del futuro. Ramón Cuéllar coincide con la idea de un futuro mecanizado en donde el hombre es cada vez más mecánica que sensación. Esta idea parece generalizarse en los escritores que escriben ciencia ficción y, probablemente, sólo sea un reflejo de nuestro presente.

Cuellar escribe con sobriedad: describe sólo los elementos que quiere explotar, no distrae al lector con chistes, ni referencias referencias históricas. Se dedica a narrar y a describir una sociedad que condena a Alberto Nort por escribir poemas y que lo castiga enviándolo a los círculos construidos dentro de un volcán apagado. Los presos en estos círculos son los que aman a través de una unión física, los que procrean de manera natural, los rebeldes políticos, los idealistas, los filósofos, los obsesionados con la imaginación, los poetas y los músicos. Es casi una república platónica.

El tercer cuento es “Ishtar”, historia basada en la edición crítica de un documento histórico (de nuestra época) encontrado en el futuro. La nota de los editores está fechada el 20 de febrero de 3005:

“Las notas de pie de página son sólo un acercamiento allí donde pudiera haber dudas retóricas o simplemente para aclarar las intenciones de una frase. Procuramos siempre trasladar el tono y el ritmo de la lectura a los tiempos modernos”.

Entonces, el aparato crítico resulta muy entretenido para el lector cuando encuentra, por ejemplo, una nota al pie para la palabra biblioteca o depredadores.

La última historia, “Aquí dentro”, es el mejor relato de esta colección. Ramón Cuéllar es poeta (la calidad de su poemario Los cadáveres siguen allí lo demuestra) y utiliza su capacidad de nombrar realidades como si fuera un Adán frente a un mundo nuevo que, en realidad, es el mismo mundo cotidiano que vivimos todos los días. Si en los cuentos anteriores, las descripciones habían sido manejadas con cierta neutralidad, en “Aquí dentro”, el narrador se toma el tiempo necesario para que el lector recree con viveza lo que está sintiendo el personaje.

El protagonista es incapaz de moverse por sí mismo, depende de sus familiares para vivir, para viajar, para ir a la playa. Nos describe el mundo como si fuera otro, como si fuera un extraño dentro de aquellos paisajes cotidianos, tan ordinarios. Cuéllar parece decirnos en este último cuento que, a veces, la realidad más extraña puede ser la más cotidiana: que no es necesario viajar tan lejos. Nos puede resultar tan extraña la Tierra como Marte.

Keith Ross

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