“Vaticinios” de Cecilia Rojas

Las personas que leen obras literarias están acostumbradas a las decepciones y saben que en cada libro que abren hay ese riesgo, pero no por eso dejan de abrirlos. Parece que van siempre en busca de un estilo que ya tienen identificado y que disfrutan más que otros. Saben lo que quieren y no se sienten satisfechos hasta que encuentran una obra que los deje tranquilos, hasta que llegue el momento de buscar una más. Afortunadamente, hay otros que prefieren la variedad y brincan de estilos en estilos, de época a épocas, aunque tampoco se salvan de las decepciones.

En Vaticinios, el libro de cuentos más reciente de Cecilia Rojas y que fue publicado este año bajo el sello editorial del Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste, la autora ratifica su estilo personal que ya había plasmado en su primera colección de cuentos “Cuando todo esto acabe” publicada en el 2005 por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura.

Con esta segunda obra, Cecilia Rojas demuestra que es una escritora con un estilo propio, casi inconfundible: utiliza frases cortas y un lenguaje sencillo que se entrega con humildad y sin adornos; sus narraciones son breves, sus personajes son extraordinarios por esos pequeños detalles cotidianos que hacen distinto a un hombre de los demás, y los cierres de los cuentos tienden a sorprender al lector con ese misma leve sorpresa que nos da la vida cuando nos tiene acostumbrados a que todo puede pasar en cualquier minuto. Como si la constante de la vida fueran los cambios.

Esta escritora nacida en La Paz en 1979, en sus textos, da la impresión de que se queda detrás de la historia para dejar que el narrador y ese tono neutral que generalmente utiliza sea el que nos narre la anécdota. No se apoya en adjetivos ostentosos ni cursis: el drama está en la acción de los personajes y no en la retórica del narrador ni en los diálogos de los personajes. Los cuentos llevan implícitos el verbo de la ficción: narrar. No hay descripciones largas, ni monólogos interiores que nos lleven a esa entraña turbia del alma humana.

Por ejemplo, el primer cuento que aparece en este libro, “La transparencia de Dalí”, refleja estas características:

“Dalí se vio esa mañana, y pensó que el hecho de verse pálida se debía a la mala noche que había pasado. Cepilló su cabello pero de ninguna manera lograba acomodarlo para llevarlo suelto a la oficina. Una trenza otra vez, pensó, y le pareció un peinado demasiado común para la blusa nueva que pensaba ponerse, así que la guardó en el clóset y escogió una más informal”.

El narrador no tiene la intención de estremecer al lector ni siquiera de incomodarlo. Este estilo de Cecilia Rojas es engañoso: entre más cotidiano, el lector debe estar atento porque no tardará en enterarse, por ejemplo, de que una mujer, de tan ignorada, puede desaparecer de pronto; o que un hombre puede amanecer frente a un Ronald McDonald japonés sin tener idea de cómo es que pudo despertar en ese lugar; o que un personaje puede empezar a mutilarse para tratar de escapar poco a poco; o una tal Martha quede impactada después de tener un encuentro con un hombre exhibicionista:

“A Martha le parece que las mañanas son mejores con un vaso de leche fría que con café y un pan dulce, y también cree, cada día, que será el día en que se lo tope de camino a la escuela, y cada vez, cuando faltan una o dos calles para pedir la bajada del pesero, saca su espejito y su brillo de labios, por si las dudas”.

En lo personal disfruté leyendo las anécdotas de Vaticinios, sobre todo porque desde el primer libro de la autora me gustó su apuesta por las historias cotidianas que se rompen ante cualquier detalle y se redimensionan. Sin embargo, el gusto tiende a relacionarse con los estilos y el lector no podrá saber si disfrutará de la narración de Rojas hasta que se enfrente a ellas, y se decepcione o se quede esperando la próxima obra de la escritora. En mi caso, sigo atento a cualquier novedad editorial de ella.

Keith Ross

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