Historias policíacas

Autor: Keith Ross

Historia policíaca I

De cómo Joselo Ceseña, un día cualquiera, se quedó cantando rancheras a la sombra de doña Rosario, y por qué le gustaba tanto tomar cerveza y deprimirse al mismo tiempo.

 

Los sueños, pensaba el menor de los Ceseña, no son más que anzuelos para los ilusos. No había ninguna ocasión en que, con tres o cuatro cervezas encima, Joselo Ceseña empezara a callejon-sin-salida-344hablar solo y a brindar por ellas aunque mal pagaran. Para eso sí, se repetía una y otra vez, para chingar sí son buenas.

Rosario, madre de Joselo Ceseña, al menor canto de borracho de su hijo, no dejaba de pensar en Quintiliana, la ex nuera ingrata que había renunciado a su matrimonio por tan poca cosa.

Pedro, un jubilado manco de la empacadora de pescado que había perdido la mano en una pelea de borrachos y no en alguna batalla gloriosa, una semana antes de que la mujer se le fuera a Joselo, había visto a Pilar acostada en la arena de la playa con un hombre que no pudo distinguir, pero que, seguramente, no sería un varón ejemplar, no tanto por haber estado a esas horas en la playa, sino por hacerlo en compañía de Pilar.

Enriqueta, la encargada de la tienda e hija de doña Elvira la peluquera, había escuchado decir a Rosario, la mamá de Joselo Ceseña, que su hijo había estado perdido durante tres días, que lo habían buscado en cada bar, en casa de cada una de las pirujas del pueblo, pero que no habían encontrado rastros. Aunque al cuarto día llegó como si nada y se puso a dormir. Ya sabrás cómo estaba mi nuera, esa mujer en cualquier ratito lo deja, había dicho Rosario, mientras que las tijeras de Elvira la preparaban para el carnaval.

María, la novia de Armando, hermano de Pilar, no vio en todo el desfile del carnaval a su cuñada. Seguramente, pensó, debe andar con algún hombre por ahí, entre las sombras o, conociéndola, podría estar metida en algún hotel con cualquiera.

Quintiliana, quien no pudo ir al carnaval porque había que cuidar a Pepe, su primer bebé y primogénito de Joselo Ceseña, se pasó la tarde platicando con Pedro, el jubilado manco que desperdiciaba sus tardes paseando en busca de un interlocutor. Vi a Pilar el otro día revolcándose con algún hombre en la playa, le habría dicho el manco a Quintiliana, no sé cómo hay hombres que aguanten a esa mujer, si se ve que sólo está hecha para pasar el rato. Eso es lo que nomás buscan los hombres, le habrá respondido Quintiliana. Pero no con una mujer como ésa, habría mentido Pedro. Entre más fáciles, más las sacan a bailar, habría pensado Quintiliana.

Chopin, el perro de doña Elvira la peluquera, había orinado cerca de un poste en la avenida Lázaro Cárdenas, justo cuando el desfile estaba en marcha. El charco de orines se había convertido en un salpicadero cuando fue desparramada por la bota negra y enorme de Armando, el hermano de la mujer liviana que era Pilar. Las gotas de los residuos de Chopin, fueron a estamparse en las bonitas medias de María, la cuñada de Pilar, que a esas horas y en esos ambientes ya tenía ganas de imitar a Pilar y llevarse a Armando hacia algún lugar donde la policía no pudiera acusarlos de daños a la moral y jadeos impropios en vía pública.

Ya cuando el desfile del carnaval estaba por terminar, Enriqueta, la hija de Elvira la peluquera, vio cómo Joselo Ceseña iba caminando medio borracho entre dos norteamericanos que no estaban nada mal formados, como lo había pensado Enriqueta. Sin embargo, pese al buen gusto de Joselo para conseguirse amigos, ella se indignó de sólo imaginar que hace unos días el hijo de Rosario había estado perdido por varios días y que, a esas horas, debía estar su pobre esposa sola y cuidando del niño.

Quintiliana, de tanto estar sola, no pudo dejar de pensar que Joselo Ceseña a esas horas podría estar con cualquiera. Es decir, con Pilar.

Rosario, cuando regresó del desfile, estaba convencida que su hijo se estaba comportando como un canalla, pero sólo sería una prueba para tentar el temple de madre y esposa de Quintiliana.

Quintiliana le habría dicho a Joselo esa madrugada que se acostara, porque ya venía muy borracho. A este idiota, mañana mismo lo dejo, habría pensado su esposa. A la mañana siguiente desayunaron un caldo con mucho chile y a la hora de la comida, Quintiliana salió con rumbo a casa de su madre, donde no volvería a dormir en ningún otro lugar hasta año y medio después, cuando había conseguido un esposo que no tomara tanto.

Pilar seguía pensando que era injusto que le cargaran toda la culpa a ella, pues no hacía otra cosa más que hacer lo que a ella le diera la gana. De manera que, a pesar de sus veintinueve años, no tenía ningún compromiso. Sin embargo, lo que más me molesta, se repetía incansablemente, es que existan esposas que prefieran culparme a mí del abandono de sus maridos, sin encarar que la mayoría de los hombres divorciados de este lugar guardan una homosexualidad escondida, apenas reflejada por pasar días enteros de borracheras en lugares secretos y sin más compañía que ellos mismos. Y no hay peor llanto que el de un hombre borracho llorando de arrepentimiento por sus placeres, habría dicho Pilar siempre que le daba la gana, a mí por eso me gustan nomás los norteamericanos.


Historia policíaca II

De cómo don Pedro quedó manco y las razones que lo llevaron a vagar por las calles como quien busca compañía para pasar la vida que siempre es más dura para los ancianos solitarios.

 

La mano izquierda de don Pedro había quedado en algún hospital, muerta, blanca y ridículamente convertida en solo un pedazo de carne. La perdió en una pelea de borrachos, bajo la luz de varios tequilas y defendiendo su honra: le habían llamado llorón y no le quedó otra opción más que batirse a puños contra el único borracho en todo el lugar que traía un machete.

Lo habían llamado llorón porque la canción que había sonado en el bar le había recordado a su difunta esposa y, bajo el efecto del alcohol, no hay quien resista, al mismo tiempo, a una canción ranchera y a una nostalgia. Agachó la cabeza y se puso a llorar como un niño por su mujer. La tristeza se le convirtió en coraje cuando escuchó, al fondo, la voz que decía: no hay llorón que no sea un marica. Don Pedro, minutos antes de quedar manco, alzó la voz preguntando quién lo había llamado así. Cinco minutos después, su mano cayó estúpidamente en el pavimento del estacionamiento del bar.

El hombre que dejó manco a don Pedro había sido otro borracho que acostumbraba a llorar con cada canción que le recordara su pueblo natal. Daba lo mismo si era una ranchera o un bolero, mientras anduviera con unos grados de alcohol en la sangre, se ponía a llorar de tristeza y después de coraje por no poder mantener las lágrimas. Cuando le dijo marica a don Pedro, en realidad era sólo su frustración de saberse tan poco aguantador a las canciones tristes y, por lo tanto, tan poco hombre.

No pudo seguir trabajando y se jubiló. Con lo que ganaba en la jubilación no pudo seguir frecuentado el bar y adquirió otras aficiones. Cuando empezaba a caer el sol, don Pedro salía de casa y pasaba gran parte de la noche caminando por diferentes lugares. De la playa, se iba a alguna plaza o, generalmente, se paseaba entre las casas.

La verdadera afición de don Pedro era platicar con las mujeres, aunque lo que más disfrutaba era robarles alguna escena cada vez que paseaba por las banquetas. Ocultas bajo la privacidad de sus casas, había descubierto a mujeres recién bañadas cuyos cuerpos eran apenas cubiertos por breves toallas. Otras veces, se sorprendía viendo a sus vecinas bajo las cómodas vestimentas de casa.

Escondido bajo la adorable clasificación de anciano que aprovecha cada conversación para pasar la tarde, Don Pedro, el jubilado, no podía soportar la verdadera soledad de no tener más que una ficticia esposa muerta, que en realidad, no era más que unas ganas de enterrar de veras a la mujer que no lo dejó viudo, sino que lo dejó solo por irse con alguien más.


Historia policíaca III

De cómo Enriqueta, la encargada de la tienda e hija de doña Elvira la peluquera, tenía razones de sobra para seguir siendo una soltera encargada de hacer de la vida de los demás un delicioso postre de intrigas.

 

Doña Elvira tiene una peluquería en la calle Leona Vicario, a la altura de la taquería El Salmón donde las familias acostumbran ir a cenar cada vez que sobra dinero para algún lujito. A un costado de la peluquería está la tienda de su hija, Enriqueta.

La peluquera tiene una hija que de tan mala, uno preferiría comer carne de cerdo todos los días antes que tener que soportarla. A su tienda iban muchos niños, pero pocos adultos. Las personas que conocían de sobra el humor endemoniado de la pobre rubia y fiel fumadora, preferían enviar a los hijos a comprar a la tienda, antes de tener que soportar la presencia de la única hija de la peluquera.

Tenía alrededor de cuarenta años, un cuello capaz de guardar unas líneas de mugre que quedaban escondidas bajo los pliegues de piel que se van creando con la edad y la obesidad. A pesar de que doña Elvira es lo que se llama un pan de Dios, su hija era todo lo contrario. Don Pedro creía que lo que en realidad le hacía falta a esa mujer era un buen hombre que terminara por educarla. Sin embargo, no había varón capaz de soportar el agrio carácter de la tendera que pasaba sus días escuchando las conversaciones de las clientes de su madre, viendo quién y con quién iba a cenar en la taquería de enfrente y a atender a los niños que cada día llegaban bajo la condición de clientes.

Las personas que la conocían afirmaban que su bajo carisma respondía a la cantidad de veces que tuvo que soportar que su madre, ese pan de Dios, tuviera tantos novios cuando era más joven y ella era apenas una pequeña e incipiente infeliz. No faltaba quien argumentara que tal carácter endemoniado respondía al abuso sexual de uno de sus tantos padrastros que soportó la menor. Incluso, las más arriesgadas teorías se atrevían a poner nombre y apellido al pobre desgraciado que se atrevió a mancillar a la infantil criatura: a mí se me hace que aquel mecánico marihuano, ¿te acuerdas?, Francisco se llamaba, le ha de haber hecho algo a la niña, porque tenía una cara de loco que no podía con ella. A pesar de las distintas teorías, no había ninguna que prevaleciera sobre las demás.

Como era de esperarse, las nada disparatadas, pero siempre sorprendentes teorías llegaban hasta los oídos de los clientes de Enriqueta, quienes compartían sus conocimientos entre sí. Por resumir, no había nadie alrededor de Enriqueta que no supiera de su carisma capaz de emular a cualquier perro rabioso.

Enriqueta siempre estaba bien vestida, generalmente, usaba algún vestido o una falda larga. Fijaba su larga cabellera bajo el yugo de una cola de caballo y solía usar unas zapatillas con un tacón delicado que la elevaba por un par de centímetros del piso. Sin embargo, a pesar de su cuidada vestimenta, su aseo personal se hacía notar en cuanto uno se acercaba a unos cuantos pasos. Su aroma y su carácter tenían una concordancia que rayaba en el azufre.

Nunca le habían conocido un novio o algún pretendiente. No había otra explicación más que los chismes para justificar su complicado comportamiento. La única que la soportaba era su madre, quien, sobra decirlo, era un pan de Dios.

Los amigos de doña Elvira, que no eran pocos, trataban de indagar la oscura razón del comportamiento de Enriqueta. Pero la peluquera siempre tenía alguna excusa inmediata para proteger a su hija: es que pasó muy mala noche, las ventas han ido muy mal y ya no sabe qué hacer; así se pone cuando le da hambre y un sinfín de etcéteras que cada madre que se siente culpable por los actos de sus hijos es capaz de inventar.

Pese a estos interrogatorios, el pan de Dios siempre escondía sus verdaderos pensamientos: no cabe duda que el amor sólo es real cuando es hacia los hijos; si me separé del padre de mi hija es porque era un hombre insoportable y no podía pasar toda la vida al lado de él; mi hija ha sacado el mismo carácter de su padre y no podría pasar la vida sin ella.

A la peluquería siguen entrando los clientes habituales y a la tienda, los niños van cada vez más de prisa.

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