“Sal de mangle” de Edith Villavicencio

Apenas uno pone un poco de atención, parece que hay dos tipos de escritores de narrativa contemporáneos: están los que apuestan a la anécdota, esos que construyen laberintos y personajes para sorprender a los lectores en cualquier línea; dan la impresión de que podrían armar sus historias con otros medios, porque lo que verdaderamente les interesa es la trama. Por otro lado, hay quienes saben que, antes de la anécdota, es necesario trabajar cada una de las palabras que van creando el universo de sus ficciones. Más que a la historia, le apuestan a su construcción y a que el lector se sienta atraído por esa armonía de agudas, graves y esdrújulas que va ordenando cada línea. Generalmente, el primero quiere sorprender; el segundo, seducir.

En su libro de cuentos “Sal de mangle”, Edith Villavicencio se ratifica como una escritora que utiliza a la lengua española con precisión y con respeto. Este libro, publicado este año por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura gracias a que obtuvo en el 2011 el Premio Estatal de Cuento Ciudad de La Paz, corrobora el compromiso de la escritora por desarrollar anécdotas con la paciencia necesaria que requieren los detalles, tal como lo había demostrado en su novela “Claroscuro”, publicada en el 2009. Sus relatos no son para cualquier tipo de lectores, pues necesita de uno que se deje atraer más por las palabras que por los lugares comunes de quien quiere desarrollar ficciones.

Es decir, antes de las muertes, los engaños, los asesinatos, los chismes y los giros narrativos, uno se encuentra con frases tan elaboradas que dan la impresión de que no se pudieron escribir de otra manera. No es difícil sospechar que la autora respeta tanto el lenguaje con el que escribe que, aunque sus relatos se ambientan en una zona rural, utiliza construcciones lingüísticas que se alejan del lenguaje cotidiano, para ganar elegancia:

“En el interior de la casa había una penumbra fresca que me provocó escalofríos. La curiosidad fue más fuerte y no huí: una cortina de gasa rodeaba el catre donde yacía un bulto que se estremecía en un estertor angustioso: Everardo, quien a ratos extendía los brazos hacia arriba, como si quisiera atraer hacía sí consuelo. Aunque no estaba cerca de él, alcancé a escuchar sus lamentos. Natalia se detuvo en el quicio de la puerta y volteó hacia mí.

—Descuida, con la botella de aguardiente que tomó no escucha nuestras voces —dijo con la indiferencia de quien está acostumbrada al dolor”.

El ambiente y los personajes son rurales. Incluso, el vocabulario también lo es: Edith Villavicencio no escribe con el lenguaje cotidiano ni con las palabras del ranchero o del costeño: utiliza sus palabras, pero son transformadas por el genio creador de la autora y nos muestra una narración y unos diálogos elegantes y tan bien construidos que no afectan a la verosimilitud. Las palabras entresijos, parral, goznes, bambilete, entre otras, nos generan una atmósfera rural, en donde flota un habla armónica y que da la impresión de ser natural.sal-de-mangle-1082

Leer los diez cuentos que componen Sal de mangle es ir de paseo, adentrarse, quedarse a vivir en las intimidades de un pueblo ubicado en una geografía indeterminada, pero con un clima preciso: caluroso y húmedo. Edith Villavicencio utiliza a la ficticia comunidad de El Jaral, como el núcleo de las narraciones, ese lugar donde se encuentran cada una de las historias del libro. La autora es generosa, pues recrea pasajes con una fuerte carga realista que ayudan al lector a encontrar imágenes claras y sencillas. Sin embargo, como si se tratara de una apostadora audaz, se guarda el último dato o esconde algunas cartas para que el lector no se sienta a salvo de sorpresas ni de finales que lo dejen sin aliento.

Es decir, aunque es notorio que una de sus preocupaciones es el lenguaje, no descuida la verosimilitud de las historias ni el suspenso inherente a cualquier narración corta. A final de cuentas, a la autora le interesa armar una trama que mantenga atento al lector y que lo sorprenda.

Como ejemplo, el inicio del cuento que le da el título a la obra, “Sal de mangle”:

Natalia es una bruja, dicen los que le temen; loca, quienes no explican que sea diferente a nosotros, los que nacimos en El Jaral. Pero son más los que están convencidos de que es una bruja loca, peligrosa. Entre ellos, mi padre. A mí no me interesa si es bruja o loca o una bruja loca, porque si ella no me ayuda nadie más lo hará. La busqué sin pensar en las consecuencias, que me parecían menos terribles a que en mi casa se enteraran del problema. Cuando el abuelo se encontraba hasta el cogote en un atolladero, le escuchaba decir: “si la única solución es agarrarse de un clavo ardiendo, pues de un clavo ardiendo me agarro hasta con los dientes”. Para mí, ese clavo ardiendo era Natalia.

Este fragmento refleja la preocupación de la autora por desarrollar el suspenso necesario para que uno se interese en esos desconocidos que son los personajes. En este sentido, los personajes que desarrollan cada una de las anécdotas son memorables: al leer estas páginas podrán conocer a Pancho Caguama y su temor, al misionero Bernardo y su lucha con la fe, a los Smith y su exótica vida de fugitivos, a Lorenzo y su prisa por llegar con el médico, a Rosalba y su angustia por que el agua sigue subiendo de nivel, a Elena y los planes que se generan alrededor suyo, entre otros personajes que rondan al poblado de El Jaral, que bien podría ser cualquier pueblo pesquero del noroeste, antes del último cuarto del siglo XX, aunque en las ficciones no se especifica directamente, pero que se puede intuir.

En estos cuentos se explota el misterio que siempre habrá detrás de un arribo o de una despedida. Hay lugares en los que se desconfía de los recién llegados, de los que viven apartados y de los que se van sin despedirse, y El Jaral es uno de ellos. El lector puede confiar que, pese a ser el primer libro de cuentos publicado por la autora, se encontrará con un lenguaje preciso y armónico, y con narradores camaleónicos que se adaptan a las necesidades de cada anécdota. Aunque, aparentemente, para llegar a El Jaral sólo hay dos maneras, por barco o a caballo, el lector podrá arribar a través de sus personajes, ya sea una viuda con fama de bruja o una extranjera forajida con imagen de buena dama.

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