“Cuentos crueles” de Eduardo Rojas Rebolledo

Hace diez años fui a la presentación de la primera edición de Cuentos crueles. Según mi memoria (que está siempre lejos de contar las cosas como en realidad sucedieron), el evento se realizó en el Edificio de Radio y Televisión, en alguna de esas tardes que compartíamos los estudiantes de humanidades por entonces. Como quien escucha en voz de otros sus propias travesuras, Eduardo Rojas Rebolledo se reía entre el divertimento y la ansiedad, mientras Marta Piña leía un trabajo sobre cómo esos cinco cuentos tenían una estructura de abanico. No recuerdo muchas cosas, yo tenía diecinueve años y unas ganas de ningunear el presente.

Esa primera edición, por supuesto, me la regaló Dante Salgado en algún momento y en algún lugar del edificio de Pesquerías en donde acostumbrábamos defendernos de los zancudos y de no salir muy noche de clases para que no se nos fuera el transporte público. Pero leí el libro hasta que llegué a casa después de aquella presentación.

Tenían razón: la narrativa resultó seductora. Tal vez por el lenguaje, la intimidad que el lector logra con los personajes, la estructura que propicia el suspenso y el misterio. Después de una década y mil ejemplares, la UABCS, Editorial Praxis y cuentos_crueles 1Cuarto Creciente publican esta segunda edición, que nos recuerda lo complicado que resulta que una obra se agote y, sobre todo, la importancia de reeditar esas obras que, aun con el paso del tiempo, son fruta fresca, materia viva, animal que palpita, o simplemente, un manojo de hojas con la fuerza suficiente para escapar de las bodegas editoriales a donde están condenados la mayoría de los libros que se publican en este país.

Estoy seguro que estos nuevos ejemplares serán suficientes para que la obra consiga nuevos lectores y se mantenga viva como estuvo en estos dos lustros. La decisión de publicar una segunda edición de cualquier libro, supongo que implica una pregunta con tintes éticos por parte de los editores: ¿para qué publicar una obra que ya está en las bibliotecas y con los lectores interesados en vez de darle oportunidad a una obra inédita? Por supuesto, es sencillo apostar que la respuesta está lejos de responder a intereses económicos, pero cercana a la necesidad de poner en circulación un libro valioso y que se cuele con nuevos lectores. No podría ser de otra manera.

En este tiempo, he encontrado, por lo menos, dos tipos de respuestas distintas ante los cuentos crueles. Por fortuna, el experimento lo he realizado en grupos de estudiantes de esta universidad y fuera de ella. Hay quien queda fascinado. Se les ilumina el rostro hablándome de siamesas, de obsesiones, de sangre, de la mujer más fea sobre la tierra, de Clawdias o de moscas que rondan por la boca. Sin embargo, hay otros que me reprochan que les deje leer (y para evitarme problemas, cito de manera fiel al original) “cosas tan desgradables” y me dan las mismas razones que los primeros, entonces se les arruga el rostro y me hablan de siamesas, de obsesiones, de sangre, de la mujer más fea sobre la tierra, de Clawdias o de moscas que rondan por la boca. Lo cierto, es que tanto los unos como los otros terminan de leer los cuentos sin complicaciones ni retrasos. Entonces yo me dejo felicitar por mi maravillosa capacidad de recomendar los textos adecuados, o bien, acepto los reproches en nombre de Eduardo Rojas Rebolledo, que no le han de sobrar pretextos para que le zumben los oídos en cualquier parte que esté.

Guste o no guste, los cuentos crueles seducen y someten al lector a esa manipulación del narrador que no recrea pasajes del siglo XIX europeo, sino que nos invita a pasar a la intimidad de cinco personajes europeos del siglo XIX. La diferencia es amplia, apenas uno se detiene poco.

¿Pero qué ángel malo se nos para en la punta de la sonrisa para que unas narraciones con una gran carga grotesca, escatológica y cruel nos mantenga atentos a la lectura? ¿Por qué, incluso a los que no les gustan estos cuentos, no dejan de leerlos?

Quintiliano en sus  Instituciones oratorias, cuando aconseja a sus aprendices de Orador sobre cómo conmover a sus oyentes les asegura que el camino recto para lograrlo es a través de la capacidad de lograr que los otros imaginen los hechos. Por lo tanto, deben de recrear las representaciones precisas, porque estas imágenes:

nos siguen en el reposo del alma (como si fueran ciertas esperanzas vanas, y, para decirlo así, sueños que tenemos despiertos), que nos parece a veces que vamos de viaje, que estamos en una batalla, que navegamos, y que arengamos al pueblo, y aun alguna vez que disponemos de los bienes que no tenemos, todo esto tan vivamente, que no parece pasar por la imaginación, sino que realmente lo hacemos. Pues ¿por qué no sacaremos utilidad de este defecto de nuestra imaginación? Para lamentarme de un homicidio, ¿no me pondré a la vista cuanto es verosímil que sucediese cuando se cometió? ¿No pintaré al agresor acometiendo violentamente? ¿No me imaginaré al que fué muerto poseído de temor dando voces, haciendo mil plegarias y huyendo? ¿No me representaré al agresor levantando el puñal y al otro cayendo en tierra? ¿No me imaginaré con viveza el correr de la sangre, la palidez, los gemidos y las últimas boqueadas?

Los helenos reconocen dos facultades del lenguaje: la poética y la psicagógica. Mediante la primera es posible fabricar mundos más o menos fieles a la realidad, es posible pensar, imaginar con palabras. Mientras que la segunda, la psicagógica, se refiere a la seducción de las almas y las voluntades: “nos permite fabricar discursos (pues es complementaria y aun colaboradora de la facultad poética) que son como los ensalmos, inductores de placer y evacuadores de pena, y que enhechizan, persuaden y hacen cambiar de opinión a quienes los escuchan”.

Eduardo Rojas Rebolledo, hasta donde sé, no es contemporáneo de Quintiliano ni romano, sin embargo, es heredero de esta tradición. Los cuentos de Rojas seducen porque, como pedía la retórica clásica, nos muestra con viveza lo que les acontece a los personajes. Para lograrlo no se detiene en describir hasta los detalles mínimos de las acciones de sus personajes, sino que escoge las representanciones precisas que ocasionarán que el lector las perciba con la viveza suficiente para dejarlos fascinados o asqueados ante el poder de la palabra, que les permite recrear realidades casi palpables. Para lograrlo, recurre a los sentidos del lector que se deja llevar y, sin abusar de las descripciones, se dedica a dar los datos precisos que el lector recreará a través del olfato, el gusto, el tacto, el oído y la vista.

Cada uno de estas imágenes que apuestan a los sentidos del lector, cumplen la función de describir a los extraordinarios protagonistas de cada uno de los cinco cuentos: las hermanas siamesas que están en medio de autopsia, un hombre obsesionado con el olor a excremento, una mujer tan fea que mejor no salía de casa, una meretriz que creyó que podía enamorarse, y un soldado muerto a quien le rondan una treintena de moscas por el hilillo blanquecino que se le escurría por la comisura de la boca. Una vez que el lector toma distancia de los personajes, a quienes reconoce como seres lejanos, tanto temporal, espacial, física y psicológicamente, inicia el proceso por el cual el narrador te presenta la parte más humana de esa idea que la ficción llama personaje.

Los narradores de los Cuentos crueles utilizan la descripción con viveza, tal como lo pedían los retóricos clásicos, para presentar el personaje, pero también para entrar a los sentimientos que guardan. El lector acude, en cada cuento, a un extrañamiento y a un reconocimiento y siempre a través del mismo recurso de un escritor que sabe utilizar de tal manera el lenguaje para estremecer a quien se acerca a él. No deja que el lector se le escape indiferente a lo que lee: por lo menos se llevará un par de sensaciones y, si se deja, un escalofrío en cualquier parte del cuerpo. Ya será cuestión de gustos.

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