Leer en tiempos del Pizza hut

Cuando trato de explicar por qué es bueno que las personas lean, me siento parte de ese grupo selecto de bienintencionados y fastidiosos que andan por el mundo dando consejos con la finalidad de mejorarle la vida al otro: el nutriólogo sobre qué comer; el médico sobre cómo no morirnos (tan pronto); el pintor sobre cómo ver obras que alimentan el alma; lo mismo con el instructor de yoga, del gimnasio, y hasta de nuestros padres que insisten en que comamos bien. Así es que cuando digo que leer nos conviene a todos, me siento igual que los que recomiendan dejar el carro para andar en bicicleta: uno les agradece que sean tan atentos y se suspira por que ojalá pudiéramos hacerlo.

Lo cierto es que leer no es ninguna manda religiosa ni un castigo que hay que sufrir para obtener algo a cambio. Aunque afortunadamente es una actividad que implica un esfuerzo intelectual importante, otorga momentos muy placenteros que pueden rayar en la tranquilidad de la meditación, el bienestar de una dieta balanceada y la intensidad de un deporte de contacto.

No recuerdo muy bien en qué momento descubrí el impacto que las obras literarias le generan a nuestro cerebro, pero fue en la época del Pizza hut en Cabo San Lucas, a finales de la década de los noventa. Entonces vivía en ese puerto que era más playa que ciudad y atravesaba ese durísimo desierto donde a veces llueve y que suelen llamar adolescencia. Digo que fue en la época de esa pizzería norteamericana, porque es la única forma de nombrar ese momento: se encontraba en una de las esquinas del boulevard Paseo de la Marina, y más que por sus pizzas, era muy famosa porque afuera de ella se reunían jóvenes y adolescentes para hacerle un guiño a la vida nocturna de los sábados.

Entonces, ya era un deporte local tomar cerveza y ver pasar una lista delimitada y bien identificada de carros con gente tratando de pasarla bien. De alguna manera, todos queríamos divertirnos y, por lo tanto, ganar un lugarcito en aquella esquina que prometía una buena noche. En realidad no se hacía nada extraordinario, supongo que era la forma de adueñarnos de ese centro turístico que cada vez jalaba más hacía lo extranjero.

La ciudad estaba en su adolescencia, se notaba que también quería subirse a un carro y dar vueltas y vueltas entre la Lázaro Cárdenas y el Paseo de la Marina. A veces se tomaba una ballena afuera del Pizza hut, y otras se le veía estacionada en un terreno olvidado y vacío al que llamaban Lote 8 o en el parking de la playa Ocho Cascadas.

Incluso la vi usando tenis Airwalk, tratando de capotear olas, yendo a pescar dorados y marlins y más de una vez la vi picando hielo dentro de una hielera cargada de cervezas, lista para irse a pasar un domingo al arroyo de El Salto. La ciudad era una joven con la única preocupación de salir a divertirse.

Leer no era habitual entre esas calles, pero fue la ciudad la que me acercó a la lectura: encontré una pequeña biblioteca pública en las instalaciones de la Delegación donde había silencio y unas señoras que se esmeraban en tener un lugar limpio y agradable. Eran los tiempos del Pizza hut, y supe que la ciudad tenía otros lugares de reunión y con gente que ni siquiera había pisado la península del Oeste mexicano, pero que sus libros y sus pensamientos estaban ahí.

Fui a esa biblioteca desde los últimos meses de la secundaria hasta los últimos de la preparatoria. En esos años leí libros que nunca hubiera comprado o que nunca hubiera podido comprar. Ahí estaba la ciudad mostrándome otro de sus rostros que pocas veces volteamos a ver; aunque existían pocas librerías, hubo las suficientes como para sacarles provecho: aún recuerdo el pequeño estante de libros en venta de la Papelería y publicaciones Gandhi en la calle Morelos; después llegó Books Books, una librería ubicada en la Marina. No debí de comprar más de cuatro libros entre los dos negocios, pero me daba una vuelta cada vez que podía para ver qué libros andaban por ahí, aunque era raro que reconociera alguno.

Ahora ya no hay un Pizza hut y, aunque la ciudad es mucho más grande, seguramente se venden más libros que entonces. La ciudad sigue teniendo esos rincones donde la literatura lo espera a uno: a veces se presentará como un profesor, otras como una biblioteca o como una cafetería; aparecerá como familiares que meten libros constantemente a sus casas o como un espectáculo de poesía.

Cuando la ciudad nos otorgue una de esas oportunidades y podamos descubrir qué es lo que sucede cuando se lee en silencio me van a comprender. Los bienintencionados somos como las malas compañías: siempre una invitación a hacer lo que, en el fondo, uno quiere. 

La Paz, 2013

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