“Al cabo canto” de Vico Caballero

Existe una relación sentimental con el lugar que habitamos. Todos los días, la ciudad actúa sobre nosotros, a veces sin que lo notemos. El lugar se vuelve parte de lo que somos, porque le pertenecemos. La ciudad en la literatura ha sido uno de los temas predominantes en la historia, y siempre actuando sobre los escritores y sobre los lectores. Al cabo canto (2016) es un poemario que tiene una ubicación precisa: la parte más sur de la península de Baja California; así como un carácter definido: es un canto, y como tal, busca la melodía de las palabras.

En 1944, Efraín Huerta publicó Los hombres del alba, uno de los poemarios más importantes de la literatura mexicana. En uno de sus poemas, Huerta, le habla a la ciudad con la severidad de quien le declara a su odio a la persona que se le conoce, con la que se convive lo suficiente, todos los días, para que el rencor tengas excusas suficientes: “Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad. / A ti, a tus triste y vulgarísimos burgueses, / a tus chicas de aire, caramelos y films americanos”.

Víctor Caballero, Vico, recrea esta relación entre la poesía y la ciudad que ha acompañado a la literatura mexicana a lo largo del siglo XX; pero Caballero le canta a una urbe distinta. En esta obra publicada por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura, Cabo San Lucas se deshace para ser solo Cabo, esa palabra que el turismo le ha impuesto al lugar: Cabo Spa, Cabo Adventures, Cabo Escape, Cabo Mil. El autor le da voz a su experiencia personal de vivir en ese San Lucas, en Los Cabos, en ese lugar que parece edificarse a través de los millones de dólares de las costas y de la miseria de la tierra adentro.

La parte más sureña de la península es distinta al resto: no es Tjijuana, aunque abunden las farmacias y los bares con margaritas dos por uno; mucho menos La Paz ni Loreto con esas playas que parecen estar tan solas sin ningún hotel que las resguarde.

Víctor Caballero, Vico, mezcla su historia personal y familiar con el paisaje que habita: ¿de qué otra manera podría uno escribir sobre la ciudad donde ha crecido y se sigue viviendo?, ¿acaso las calles no llevan en su nombre un pedazo de nosotros?, ¿en qué calle nos pusimos a llorar cuando la vida nos apretaba el pulso?, ¿acaso no es cierta esa sensación de que perdemos un poco de nosotros cada vez que nos enteramos que una playa ha dejado de serlo para convertirse en el traspatio del nuevo hotel en turno?

Dice Vicente Quirarte, que escribe sobre la Ciudad de México como si la hubiera recorrido en cada uno de los siglos que lleva de existencia, que cada individuo genera su propia relación con la ciudad: la urbe es distinta en la noche que en el día, e, incluso, es diferente a las cinco de la mañana para que el recién se levanta que para el que el apenas va a dormir a casa, aunque coincidan en la misma calle.

De esta manera, Caballero, este poeta que nació en la Ciudad de México, pero que se presume de Cabo San Lucas por ser el lugar donde converge su historia con su presente, por haber vivido en este lugar y por seguir haciéndolo, le canta a una ciudad que es distinta al resto del territorio nacional, incluso, de la Península a la que finaliza. Por ejemplo, le da voz a la rabia que implica perder ese territorio que los habitantes sienten como propio:

Renunciar al mar:

a mucha honra

por falta de conservación

porque me da la gana

porque eres chilango

porque te orinas dentro.

Renunciar al mar por decreto de Fonatur

porque hay deberes turísticos que cumplir

por el simple hecho de guardar silencio

[…]

Renunciar al mar porque los güeros así están más a gusto

porque de lejos me mojo

porque la privacidad se vende bien

porque no tengo tiempo

Es un poemario con rabia, por esa ciudad maltratada por el desarrollo turístico, y la miseria cultural y económica que provoca. Pero también es un poemario de aprendizaje, donde las experiencias de madurez del poeta se mezclan con las calles y los lugares íntimos y públicos que habita. Pero también son los poemas con la esperanza de quien sabe que la belleza de la vida radica precisamente en sí misma, en vivirla:

El sol que sale a diario, con el agua que nos queda con los bosques

que nos quedan, y recuperar las playas y las casas

tan llenas de futbol y cerveza y telenovelas,

ignorancia, pues

Para salir a la calle, tomar el camión o la banqueta

y verle el ombligo a la pasajera y sonreírle y que te sonría

llegar al trabajo y saber que el mundo te pertenece

y escuchar el llanto del niño que tiene el futuro seguro

para levantarse con ánimos de vivir.

Víctor Caballero, Vico, en Al cabo canto, su primer poemario, nos afirma que, después de todo, canta. Porque la vida es así, compleja, difícil, pero con la sonrisa, que provoca la música bien puesta

Oh escucha mi canto, ola frondosa

que es júbilo ciudadano del mundo

sumergido entre la tierra que no es el agua salada de todas las dunas

que es mi cuerpo y mi cabeza que piensan y buscan y sienten o viceversa

Aquí mis palabras cantan

aquí mi sangre hierve

aquí el mar sereno

porque al cabo canté

de temporal aquí silencio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s